Free shipping on any purchase of 75$ or more!

Visitanos en nuestras redes:

0,00 MXN

No hay productos en el carrito.

HomeArticulosTam Y Los Números Que Nunca Cambian: Un Relato En Titan’s Grave.

Tam Y Los Números Que Nunca Cambian: Un Relato En Titan’s Grave.

En las profundidades de Titan’s Grave, mientras la realidad se quebraba como vidrio bajo presión, Tam repetía en silencio su letanía favorita: dos, tres, cinco, siete, once, trece. Eran más que números primos; eran anclas. En un mundo donde los huesos se volvían hongos y las paredes respiraban como carne viva, esas cifras eran lo único que no cambiaba, lo único que no traicionaba.


En la cavidad gigantesca formada por los restos del titán, el rugido del arcaico se mezclaba con el estruendo de la magia desatada y los gritos de sus amigos. Chandra y Ajani luchaban a muerte a pocos pasos, fuego contra acero, culpa contra deber, mientras la magia desbocada congelaba momentos, estiraba el tiempo y arrancaba trozos de realidad como si fuesen páginas de un libro maldito. En medio de ese caos, Tam caminaba hacia el centro del torbellino, convencida de algo terrible: que su destino siempre fue traicionar.


El Combate Que Nadie Quería

Ajani Goldmane nunca había odiado tanto una pelea. Cada vez que su hacha apartaba un fuego letal, cada vez que su cuerpo se interponía entre Chandra y el arcaico, lo único que sentía era un cansancio viejo, pesado, que le calaba los huesos. Chandra, herida y mareada, lanzaba llamas más por obstinación que por fuerza, empeñada en detener al arcaico cueste lo que cueste, incluso si eso significaba atravesar a su propio amigo.

Heated Arguement | Art by: Aleksi Briclot

Los golpes entre ambos no eran solo físicos: cada intercambio era un choque de creencias. Para Chandra, ser Planeswalker significaba proteger a los demás aunque doliera; para Ajani, significaba admitir que ya habían sufrido demasiado. Cuando por fin ella lo desarmó y lo tiró al suelo, puño en alto, fue él quien se negó a seguir: cubrió su mano con la suya y susurró que tenía que haber otra salida. Por primera vez en mucho tiempo, la llama de Chandra titubeó.


El Camino Entre Mundos

Mientras ellos se debatían entre golpes y dudas, Tam y sus compañeros corrían por túneles que cambiaban de forma sin avisar. Un giro los lanzaba a un pasillo húmedo de musgo y setas, el siguiente a un corredor de arena que cortaba la piel, el siguiente a una cueva inundada donde el agua salada les robaba el aire. Cada “paso” era casi un salto de plano, una sacudida de realidad alrededor del arcaico descontrolado.

La única forma de seguir adelante era recordar que, pese a todo, algunas cosas seguían siendo constantes: las bromas de Sanar, las discusiones nocturnas con Abigale, el valor silencioso de Kirol, la lenta floración de Lluwen. Tam los contaba igual que contaba números, como si con ello pudiera fijarlos en el mundo y evitar que se deshilacharan con el resto de la realidad.


La Traición Que Siempre Estuvo Escrita

Cuando por fin alcanzaron la sala central, el panorama era una pesadilla. Chandra y Ajani, congelados en medio del movimiento por una ola de magia; Fel, atrapado en ámbar; el arcaico gritando de dolor mientras la “no–madeja” de energía giraba a su lado, desgarrando el plano en pulsos de luz blanca, dorada y azul. Jadzi, sola frente al arcaico, tejía un hechizo antiguo, demasiado grande para que Tam lo comprendiera, cadenas de luz a medio formar alrededor de la criatura.

Tam se acercó en silencio, contando primos entre dientes. Sabía que el hechizo de Jadzi buscaba calmar, contener, sanar. Sabía también que ella no había sido creada para eso. Había sido creada para hacer lo que nadie más se atrevería a hacer.

Empujó a Jadzi dentro del torbellino.

La reacción fue tan rápida que casi pareció que el mundo quería que ocurriera: un grito, un destello, y la figura de la oráculo se perdió entre las capas de magia pura. El silencio que siguió dolió más que cualquier reproche. Las miradas de Kirol, Lluwen, Sanar y Abigale pesaron sobre Tam como una sentencia.

“Fui hecha para esto”, alcanzó a decir, incapaz de sostenerles la mirada. Les agradeció por haberla hecho feliz, por esos breves momentos en los que casi pudo creer que era algo más que una herramienta de traición. Luego dio un paso hacia el mismo abismo al que había arrojado a Jadzi.

En su mente, los números volvieron a formarse: dos, tres, cinco, siete, once, trece. Una progresión que siempre llevaba al mismo sitio.


Lluwen, Los Lumares Y El Hechizo Compartido

Con Jadzi perdida y Tam desaparecida, lo que quedaba del grupo quedó al borde del colapso. El aire se volvía irrespirable, el suelo se abría en grietas viscosas, y cada rugido del arcaico transformaba árboles en baba y roca en carne. Lluwen, que nunca se había visto como un héroe, comprendió que no quedaba nadie más para intentarlo.

Recordando los movimientos de Jadzi, comenzó a reproducir el gesto del hechizo, gritando a sus amigos que lo imitaran. Kirol dudó, asustade y agotade, hasta que Lluwen le devolvió las mismas palabras de ánimo que tantas veces había recibido de ellx. Sanar y Abigale, temblando, se unieron también.

Entonces aparecieron los lumarets.

Miles de pequeñas criaturas luminosas comenzaron a copiar los gestos de Lluwen y los demás, formando brazos y ángulos con sus alas donde ellos no alcanzaban. Juntos, estudiantes y seres del abismo, completaron el patrón que Jadzi había empezado. Una ola de luz dorada envolvió al arcaico, no como una cárcel, sino como un abrazo: cadenas que no aprisionaban, sino que unían la mente herida de la criatura al coro inmenso de vidas de Arcavios.

Por un instante, Lluwen sintió la eternidad de todo lo que era bueno. Cuando la magia se disipó, yacía en la palma del arcaico; las paredes seguían siendo paredes, el techo seguía siendo techo. El monstruo ya no era solo furia, sino algo cercano a la comprensión. Ajani, liberado al fin, preguntó si todos estaban bien. Nadie podía asegurar que sí, pero estaban vivos. Y juntos.


Tam, En El Lugar-Que-No-Es

En otro sitio, o en todos a la vez, Tam abrió los ojos. El tejido de la realidad era diferente allí: sus manos se estiraban en once dedos, luego cinco, luego siete, mientras intentaba no mirarlas. Sabía que, pasara lo que pasara, en cualquier versión de sí misma habría sangre: había cumplido exactamente el papel para el que fue creada.

Jadzi dormía cerca, envuelta en una luz azul tenue, más pequeña y vulnerable de lo que Tam jamás la había imaginado. El lugar se parecía a Strixhaven pero no lo era: el mismo despacho, pero con recuerdos distintos, libros en otros estantes, historias ajenas colgando de las paredes.

Entonces él habló.

Con la misma voz que le había prometido que no estaría sola, el hombre de la túnica blanca le aseguró que nadie recordaría lo que habían hecho, porque todo saldría tan “bien” que el sacrificio quedaría oculto. Le dijo que estaba orgulloso de ella. Que pronto conocería a los demás, a otros como Tam, otras manos diseñadas para tomar decisiones imposibles.

En la penumbra cambiante, Tam vio las siluetas de esas otras figuras. Se preguntó si sabrían perdonarla, si entenderían la lógica fría que la empujó a traicionar a la única gente que la había hecho sentir real. Más que nada, deseaba que alguien le dijera que había hecho lo correcto… y que pudiera creerles de verdad.

Porque, por muy firmes que fueran los números primos en su cabeza, ninguna ecuación le explicaba cómo cargar sola con ese peso.

Blue Hurricane
Blue Hurricane
Cronista, fotógrafo, historiador y artífice.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Más de Este Autor