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Secrets Of Strixhaven – Episodio 4: Cuando Arcavios Te Muerde De Vuelta.

Tam, Lluwen y compañía se pierden bajo Titan’s Grave, enfrentan a un daemogoth con ayuda de Fel y Chandra sigue decidida a destruir al arcaico gigante.


El cuarto episodio de Secrets of Strixhaven arranca con resaca emocional y física: tras el puñetazo del arcaico gigante en Titan’s Grave, Tam despierta con un dolor de cabeza que ni litros de café de Rávnica podrían curar, enterrada junto a sus amigos en lo más profundo del titán muerto. Entre raíces enmarañadas y costillas del tamaño de aulas, los estudiantes y las Shattered —los ex‑Oriq que siguen a Chandra— intentan organizarse para encontrar una salida, mientras la desconfianza flota en el aire igual que el polvo de hueso.


Perdidos Bajo Titan’s Grave… Y No Del Todo Solos

Desde el arranque, el capítulo juega con esa sensación de estar “dentro del monstruo”: las costillas del titán forman túneles, las raíces dibujan fractales sobre sus cabezas, y Tam tiene que obligarse a dejar de mirar hacia arriba y volver al problema inmediato. Abigale explora volando y descubre que la cámara en la que cayeron tiene al menos dos docenas de posibles salidas, sin pistas claras de cuál elegir; Kirol propone buscar señales de uso o corrientes de aire, y Sanar hasta improvisa un reloj de metrónomo para medir el tiempo, irritante “click, click, click” incluido.

En medio de todo, Tam da un paso importante: invita a Suki, la líder de las Shattered, a sumarse al círculo de decisión, pese a que fueron ellas quienes los emboscaron antes. La conversación es mínima —no hay tiempo que perder— pero significativa: Tam insiste en que, sean quienes hayan sido, ahora están juntos en esto y merecen una oportunidad de ser algo distinto a “ex‑Oriq”.


Lluwen, Los Lumarets Y Una Salida Que Sabe A Trampa

Para explorar, Lluwen propone hacer lo que mejor sabe: ir de avanzadilla. Suki le recuerda que nadie debería ir solo, Kirol grita “¡dibs!” y así se forma la pareja de exploradores, mientras el resto se queda atrás con Tam, Sanar, Abigale y las Shattered. Lo que Lluwen no ve es cómo se le cae un poco el ánimo a Kirol: querían hablar de lo que sienten, pero el elfo solo tiene ojos para la misión… hasta que reaparecen los lumarets.

Esos pequeños “plant‑animals” que Lluwen descubrió en Toadstool Copse —criaturas de luz y musgo que parecían usar mapas y organizarse— regresan ahora como guías: uno porta un estandarte de musgo brillante y los demás saltan y señalan, invitando al grupo a seguirlos por un corredor ascendente. Para Lluwen, que viene de una adolescencia rígida en Lorwyn, ser el que los ve, el que interpreta las señales y lidera la marcha se siente como el lugar donde por fin encaja; tanto, que cada duda o ceño fruncido de sus amigos le sabe a ingratitud.

A medida que avanzan, sin embargo, algo raro se cuela en el ambiente: esa sensación de que “algo te rasga por dentro”, un antojo de hurgar en la propia herida emocional que todos empiezan a notar a la vez. Kirol lo dice en voz alta, Suki y Sanar asienten, Abigale lo describe como el deseo de arrancarse una costra… y Lluwen, molesto, intenta ignorarlo, hasta que incluso los lumarets empiezan a esconderse en las paredes de raíces.


El Hambre Del Daemogoth Y La “Floración” De Fel

El temblor del túnel les da la respuesta que no querían: no es solo estrés, es un predador. Kirol y Suki lo ponen nombre —daemogoth, demonios de Arcavios que se alimentan de emociones negativas y ofrecen poder a cambio de devorarte por dentro— justo cuando una carcajada infecta la galería y dos ojos verde enfermo se abren en la oscuridad. Las paredes se vuelven armas: zarzas que azotan, huesos que cortan, piedras que caen, raíces que tratan de arrastrar a Lluwen bajo tierra mientras el monstruo saborea la desesperación del grupo.

Kirol se aferra al elfo con un “no voy a dejarte, Lulu”, Tam y los demás tiran de él aunque las raíces le crujan las costillas, y Lluwen, ahogado, llega a pensar que lo lógico sería que lo soltaran: que si el demonio lo quiere, al menos sus amigos podrán escapar. En ese instante, la voz del daemogoth revela algo más: llama a alguien “Dellian” y le reprocha no haber cumplido un trato anterior.

Lo que sigue parece más ritual que combate. Una voz conocida —Professor Fel— proclama que han “transgredido sus protecciones por última vez”, y de pronto el hedor rancio del túnel se llena de vida: hierbas que brotan, flores que colonizan las raíces, hongos y uvas que brotan del propio cuerpo óseo del daemogoth. En cuestión de segundos, el demonio estalla en un estallido de vegetación, con flores rompiéndole el cráneo desde dentro, como si la mismísima Witherbloom hubiera decidido usarlo de maceta.

Fel, impoluto en su abrigo blanco, corta de un gesto las raíces que retenían a Lluwen y lo lanza de nuevo a terreno firme, minimizando lo ocurrido: “¿Un trato con ese espantajo de pantano? Ridículo. No tiene nada que ofrecerme”. Pero ni Lluwen ni Tam olvidan la conversación del demonio, ni el parpadeo en el que a Fel se le adivina algo fúngico devorando su ojo y su lengua, como si compartiera parte de la misma corrupción que acaba de desatar.


Promesas Viejas, Secretos Nuevos Y Algo Que Ofrecer

Una vez a salvo, el profesor deja que se le escape un poco de verdad: admite que está en Titan’s Grave porque intenta cumplir una promesa antigua, “con raíces profundas en el suelo de su alma”, relacionada con los arcaicos y con la mujer a la que amó. Tam, que ya había hablado con Oracle Jadzi, une puntos en voz alta: Fel buscaba usar la relación de los arcaicos con el tiempo no lineal para volver atrás y salvarla, y por eso ha rastreado cada rincón de Titan’s Grave durante años. No le hace gracia que Jadzi haya contado tanto, pero decide centrarse en lo urgente: la enorme arcaica que cargaba con la propia Jadzi no está lejos, y si los estudiantes pueden caminar, es hora de perseguirla.

Es entonces cuando Lluwen se atreve a dar el paso que el título del episodio anticipa: cuenta lo que vio días atrás, cuando siguió a los lumarets y presenció a varios arcaicos reunidos alrededor de algo que parecía un “snarl”, un nudo de magia bruta donde no debería existir ninguno. Fel se detiene en seco: asegura que en Titan’s Grave nunca ha habido snarls registrados, y que si Lluwen vio uno, es un descubrimiento de importancia enorme. Le pregunta si puede llevarlos hasta allí… y por primera vez desde que llegó a Arcavios, el elfo siente que no solo está sobreviviendo a los acontecimientos, sino aportando algo que ni siquiera un Planeswalker había encontrado.

Mientras tanto, Kirol y Tam procesan lo que acaban de ver: un profesor que rechazó el poder de un daemogoth pese a su dolor, un Planeswalker partido entre trauma y responsabilidad, y un adulto que, por fin, deja ver algo de vulnerabilidad. Kirol se pregunta en voz alta si todo ese poder vale lo que cuesta; Lluwen mira a Fel con mezcla de miedo y respeto, sabiendo que el camino hacia ese snarl va a cruzar muchos más secretos enterrados.


Chandra Y Ajani: seguir adelante juntos… aunque duela

Lejos de allí, otro túnel repite el patrón de tensión contenida. Chandra avanza a base de quemar raíces con la mano, sin tiempo ni ganas de “pedirle permiso al bosque” como harían Nissa o Wrenn; Ajani la sigue, intentando no alzar demasiado la voz para no delatar su posición. Después de lo ocurrido con el arcaico —y de que él le negara creer en que Jace sigue vivo dentro de su mente—, cada palabra entre los dos suena como una hoja afilada.

Ajani insiste en que no piensa que esté loca, que solo le preocupa verla atacar sin pensar contra algo que no entienden; Chandra, cansada de que la frenen siempre que suena una alarma multiversal, le escupe que durante la invasión también le dijeron que actuaba por impulso… y tenía razón entonces, igual que ahora. Entre reproches, admite que cree que Jace está intentando “encarnarse” en el arcaico gigante, fundiéndose con su historia y su cuerpo, y que sus recuerdos se mezclan tanto que a veces no distingue lo que es de uno y de otro.

Ajani, haciendo un esfuerzo genuino por escuchar, termina preguntando qué puede hacer para ayudar. La respuesta de Chandra es brutalmente clara: ayudarla a encontrar al arcaico gigante y destruirlo antes de que Jace termine su plan, aunque eso signifique arriesgarse a matar a una criatura que quizá no sea culpable. Él promete apoyarla, pero le pide que, si en algún momento parece que se equivocan, prometa parar a pensar antes de “empezar a lanzar fuego”; ella no le da esa promesa. Mientras siguen caminando en silencio, el lector se queda con la sensación de que ambos están haciendo el mismo recorrido que Lluwen: intentar demostrar que todavía tienen algo valioso que ofrecer… sin perderse a sí mismos por el camino.

Blue Hurricane
Blue Hurricane
Cronista, fotógrafo, historiador y artífice.

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