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La Matemática De Ser Suficiente: Zimone Frente A Su Propio Multiverso.

Tras Duskmourn, Zimone se encierra en Rávnica, se duplica para cumplir con todo y descubre una inquietante “copia” del Multiverso que la obliga a crecer.


Zimone Wola estaba convencida de que, al graduarse de Strixhaven, la vida simplemente se alinearía a su favor: primera de la clase, heroína de la invasión, aprendiz del mismísimo Niv-Mizzet… ¿qué podía salir mal? La respuesta está en una cocina diminuta de Rávnica, donde cena fideos recalentados con kale mustio, compartiendo un piso carísimo con corrientes de aire helado y una pila de ofertas de trabajo sin abrir junto a la cama. Hizo todo “bien” y, aun así, se siente estancada, paralizada por los “y si” que le taladran la cabeza desde que escapó de la Casa de Valgavoth en Duskmourn.

Cuando por fin levanta el velo de glamour que oculta su habitación, no aparece el cuarto minúsculo de siempre, sino un mapa ilusorio tridimensional del Multiverso, una versión mejorada del modelo que Niv-Mizzet encargó años atrás y que ahora late en tonos azules sobre su cama, sus estanterías y el techo. Allí están las raíces del World Tree, las cicatrices de Duskmourn extendiéndose como moho dimensional… y, justo encima de Arcavios, una sombra nueva, una distorsión que no debería estar ahí. Zimone, que lleva dos semanas sin pisar la calle, decide que no puede aceptar la prestigiosa plaza en el Proyecto de Omenpaths hasta entender qué es esa mancha en su modelo; pero tampoco puede seguir ignorando cartas firmadas por Niv-Mizzet para siempre.

La solución que se le ocurre es tan brillante como peligrosa: si una sola Zimone no basta para abarcar todo, ¿por qué no dividirse en varias? Inspirada por historias de Riku, el mago que se duplicaba para estudiar dos disciplinas a la vez, tira de la rama de la magia praestigial y consigue arrancarse trozos de sí misma: primero nace una Zimone Aprendiz, vestida de blanco, capaz de ir a la oficina del Firemind sin congelarse de ansiedad; luego aparece una Zimone Sobreachiever, dispuesta a encadenar trabajos mal pagados para cubrir el alquiler; por último, invoca a una Zimone Amiga, teóricamente diseñada para acompañarla y entenderla.

Durante unas semanas, el plan funciona… en teoría. Ella se queda en casa, afinando el modelo y viendo cómo la sombra sobre Arcavios se vuelve más nítida, mientras sus dobles salen al mundo, hablan con jefes, hacen colas en bancos y regresan con informes y zinos. Pero convivir con versiones destiladas de sus propios rasgos pronto se vuelve insoportable: la Aprendiz es demasiado correcta, la Sobreachiever no sabe descansar y la Amiga nunca calla ni deja de reírse a medias de sus propios comentarios. Todo lo que siempre había pasado por alto en sí misma —la verborrea nerviosa, el perfeccionismo, la incapacidad para desconectar— se le planta delante en carne y hueso, y empieza a odiar a sus copias… y, por extensión, a sí misma.

La visita de Dina, que entra tiritando en el piso gélido y se topa de bruces con una Zimone duplicada cruzando el pasillo, sirve de detonante. Cuando Zimone rompe en una diatriba furiosa describiendo lo irritante que es su “amiga” clonada, Dina solo necesita una frase para clavar la lección: “Eso eres tú”. Entre un té de pino ahumado y un abrazo silencioso, Zimone admite que la magia de división la ha llevado al límite: no puede ser todo a la vez, ni para todos, y esa presión autoimpuesta la está destrozando. Deshacer el hechizo —reintegrar esas partes mediante una dolorosa “indigestión” mágica— es peor que lanzarlo, pero cuando sus otras versiones se disuelven en vapor azul y vuelven a su pecho, queda claro que prefiere cargar con un solo yo imperfecto que multiplicar su ansiedad por tres.

Lo que no desaparece es la sombra en su mapa. Con la ayuda de Dina, Zimone adapta su ingeniería planar —el mismo tipo de cálculo que usaría una carta como Planar Engineering hecha hechizo— para rastrear el origen de esa segunda red de planos, una especie de “Multiverso duplicado” que se refleja sobre el original. Siguiendo la huella psíquica y biológica del hechizo, ambas llegan a una imagen compartida: una mujer de pelo rojo y gafas enormes que muchas leyendas reconocería al instante, Chandra Nalaar. Dina, más puesta que Zimone en carreras interplanales y chismes de héroes, asiente: si alguien conoce a quien está replicando el Multiverso entero, es ella.

Por primera vez desde Duskmourn, la puerta de Zimone deja de ser un borde de trampa y se convierte en un umbral hacia algo nuevo: una misión concreta, con una amiga a su lado y una adulta… que resulta ser ella misma. Con el frío todavía pegado a los huesos pero el corazón un poco más firme, cierra la ventana por voluntad propia y bromea con la idea de buscar nueva compañera de piso; Dina levanta la mano e insinúa traer a Killian siempre que el baño no se convierta en “baño de chico”. Zimone ríe, siente algo parecido al calor —esta vez del bueno— y se prepara, por fin, para la siguiente lección: no existe fórmula que te permita hacerlo todo, pero sí puedes encontrar la constante que te mantiene en pie mientras el Multiverso entero se recalcula a tu alrededor.

Blue Hurricane
Blue Hurricane
Cronista, fotógrafo, historiador y artífice.

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